
En el escenario anteriormente descrito: Son las diez de la mañana, otoño, hace sol y alguien asoma por un lado, es un hombre de unos 60 años, lleva una bolsa de supermercado, se dienta en un banco y descansa pensativo mirando al vacío, saca una cerveza de la bolsa, la abre y bebe, enciende un pitillo y escucha el ruido del tráfico, el canto de los pájaros que revolotean entre las ramas de los árboles. Enseguida llega una señora con una niña de unos tres años, se sienta en otro banco, abre un libro y lee mientras fuma también. La niña juega entre los jardines, el hombre la mira con una mezcla de dolor y placer, la niña se le acerca y le muestra su muñeca de trapo; pero cuando el hombre se dispone a decirle algo, la señora la llama s su lado, la niña acude relatando no se qué y permanece sentada en el suelo cerca de su madre jugando con su muñeca. La madre continua leyendo y fumando y el señor mayor vuelve a sus pensamientos mientras apura su cigarro y termina su cerveza; la mirada triste, perdida en algún punto del horizonte.
El cielo comienza a cubrirse de nubes.
Aparece más gente. Esta vez un grupo de jóvenes, punkis, alborotan. La mamá y la niña se van, el anciano continua impasible. Los jóvenes, ya en claro estado de embriaguez reparan en el anciano y le interpelan. Este parece como que regresando de un lejano viaje no quisiera saber nada de nadie. Tan honda y antigua es su soledad que su sola mirada infunde respeto, (quien a simple vista parece un anciano indefenso y alcoholizado es capaz de hacer temblar a un puñado de punkis sin sentido alguno del respeto). Ellos callan y le ignoran regresando a sus historias.
Por un lado aparecen dos ancianos, un matrimonio, ella invidente con gorra blanca y gafas negras y él ofreciéndole su brazo del que camina cogida, también con gafas negras y gorra blanca, pasean como si su vida dependiera de esos automáticos paseos en los que ella arrastra su bastón sobre el paseo de tierra y lo levanta cuando el suelo es mas duro. Dan una vuelta y otra, hasta que determinan regresar a su casa.
Ahora el sol brilla de nuevo, es otro día de otro año, de otra vida, quizás. Aquel antiguo paseo ahora se nos ofrece vacío, abandonado, sin gente, sin animales, solo con algunas flores pero tristes porque ya nadie las contempla. Aquellos jóvenes punkis ya son unos estrafalarios ancianos a quienes se les escapa poco a poco aquella vida desenfrenada y despreocupada. Ahora su mirada es profunda y cargada de melancolía, van al mismo jardín, se siguen sentando en los mismos bancos; pero su alma ya no es la ayer.
Ahora siguen viniendo madres con sus pequeños a recrearse en los jardines llenos de flores, donde brilla el sol entre las sombras de los árboles. Se oyen los pájaros interpretando una alegre sinfonía, acompañados por la música clara y en continuo cambio del agua que corre por el canal.
La vida revolotea, se manifiesta en cada objeto, en cada persona, en todo lo que puede verse e incluso en lo que no se ve, en lo que se siente, en lo que se oye, en lo que se respira y se huele,
se muestra como el agua de las fuentes, los canales y los estanques,
en cambio constante, las cosas que ayer estaban a nuestro alcance hoy ya no están, y las que hoy están, mañana no estarán, ni nosotros, entonces serán otros quienes respiren, lloren, rian, paseen en estos jardines.
Solo la VIDA, eterna e inmutable nos sobrevive y nos hace sobrevivir.