jueves, 25 de abril de 2013

ULTIMO TREN A MUNICH


Si no hubieras perdido el último tren a Munich no te habría conocido. Lo sabes igual que yo. Te vi correr por el túnel para llegar a tiempo, subir las escaleras hacia el andén y hasta creo que vi la expresión de rabia en tu rostro al contemplar el tren lentamente alejarse.

Tras el largo invierno por fin hoy hacia un día de sol, y hacia el mediodía, mientras tú dormías, baje al parque a pasear. Había una pareja de patos en el canal, acababan de llegar y era un espectáculo digno de pararse a contemplarlo. Había un banco libre donde daba el nuevo sol y todo parecía un sueño. Era uno de esos momentos mágicos en los que el tiempo parece detenerse, sin necesidad de morfina. La verdad es que esta ciudad es como una droga para mí. Cuando estoy mal solo tengo que salir a dar un paseo y abrir bien los ojos, enseguida surge la magia, al contemplar cualquier estampa que ella me ofrece.

Y así pasaban mis días en compañía solo de mi soledad, y la ciudad. Hasta que te conocí. Yo estaba sentado en un banco del andén. Te miré y sonreí, justo en ese instante te fijaste en mi. Pero te quedaste allí parada. Comenzaste a buscar algo en el móvil, aunque era inútil. Lo que buscabas no estaba en el móvil y acababas de perder el último tren a Munich.

La noche era fría y yo esperaba mi tren. Cuando llegó, automáticamente intente subir a él para regresar a la calidez del hogar, en esos momentos era lo único que deseaba. Y como un flash vino a mi mente el parque de detrás de mi casa, esos escasos días de sol en que salía a sentarme en un banco a leer. Graciosamente recordaba a mi madre cuando me decía, muy enfadada, que era un bohemio y que mi vida sería un desastre. Pero esas mañanas de sol en primavera, cuando el crudo invierno por fin es vencido, en que mi desidia me conducía a ese parque donde podía disfrutar del sol, aunque entre sol y sombra; el canto de los pájaros y esa maravillosa brisa, entonces por fin, en medio del caos que realmente era mi vida, todo parecía cobrar sentido. Eran momentos especiales y todos parecían estar conectados para recordarme alguna íntima emoción atesorada para momentos como estos en que mi alma se tortura ante una difícil disyuntiva: acudir a esa incierta llamada o mirar, simplemente, hacia otro lado. El olor a pimientos verdes asados me devuelve a la realidad. Todo ocurre a la vez, suena mi móvil, eres tú, una vez más te preguntas donde estoy, aquí mi vida. Estoy aguardando hace rato. Igual que aquel día en la estación, creía que esperaba el tren; pero era a ti a quien esperaba. A quien había esperado toda mi vida, casi hasta llegar a la desesperación. Y dejé mi tren pasar. Me acerqué a ti, te pregunté si necesitabas ayuda. Hablamos, tomamos un café y nos instalamos definitivamente juntos, encontramos un lugar común donde nos sentíamos cómodos. Y así, como el crudo invierno deja paso a la calidez de la primavera, mi soledad encontró por fin tú presencia.

Era el momento del día que mas me agradaba. Tras el cálido día bajo un cielo extraordinariamente azul, tras el corto relajo de la siesta, llegaba ese momento mágicamente azul en que cerraban los supermercados. Entonces el ajetreo de la calle era distinto, se dejaban de ver esas benditas personas ordinarias, que seguramente se encontrarían en la intimidad de sus hogares; y podías ver entonces a los primeros noctámbulos acudiendo a los biergarten, todas almas llenas de deseo, como tú y como yo y seguramente como Van Morrison que hendía el lánguido atardecer con su lamento.

Los días pasan, como los trenes, y la gente sube y baja de ellos; pero tú te quedaste conmigo y yo no volví más a coger aquel tren. Sin saberlo, encontramos la salida del laberinto y nos instalamos plácidamente en las afueras del tiempo. Ya nunca más tendrás que correr para no perder el último tren a Munich.

Augsburg, 25.04.2013

martes, 2 de abril de 2013

Sinceramente, Julia

El silencio surgía entre las palabras. El sabía escucharlo. Era algo así como el sonido de las alas de una mariposa al posarse sobre la arena de la playa. Lo había escuchado saliendo de los labios sellados de su padre aquel día que por primera vez le dejaba en la escuela al cargo de aquel joven grueso y desconocido maestro. O en aquella otra ocasión en que desde la ventanilla del tren vio el rostro de su madre en el andén mirando la lejanía después de despedirse de él cuando se marchaba al ejército.

Cuando está solo en su casa a veces no lo puede soportar más. Soledad y silencio. ¿Qué tienen de bueno? Al menos en la fábrica donde trabaja hay gente y ruido, mucho ruido. Pero tampoco era eso lo que quería. Lo que deseaba realmente era escuchar una voz. Una en especial, pero sabia que esa voz tan amada jamás la podría volver a oír. Al menos mientras viviese.

¿Por qué te marchaste tan pronto, amor mío y me dejaste tan solo?

Ahora vago por las calles de esta ciudad impía sin otra idea que recordarte, recordar cada calle, cada plaza, cada bar donde tu y yo, los dos juntos, como si nadie mas hubiese en el mundo, estuvimos. Cuando llueve salgo a buscarte, como un loco, calado hasta los huesos, recorro una vez más nuestros lugares predilectos y te veo ahí, parada en el andén, esperándome cuando llegaba en el tren de vuelta del trabajo y te rodeaba con mis brazos, y besaba tus labios tiernos y dulces, y sentía tus pechos turgentes junto a mi pecho. Pero se que ya nunca mas volveré a sentir el perfume de tu pelo ni volveré a oír el sonido de tus pasos. No se que me retiene en este mundo aun. Quisiera ir tras de ti, mirar al sol de frente sin que me ciegue, correr bajo la lluvia sin mojarme, despertarme y hallarte de nuevo a mi lado. Quisiera encontrar esa playa donde no llegan las olas.

Mientras tanto muero un poco cada día viendo el mismo cielo bajo el que tu no estas.

Contigo no existía el tiempo ni el dolor. Todo era de color y la vida alegre y llena de tu presencia; pero ahora todo es soledad y silencio. El tiempo me martiriza con su lento transcurrir. Como un naufrago vago perdido en la monocromía de los días iguales.

Ayer en el mercado me han preguntado por ti, y yo como un idiota no he sabido que decir. Simplemente he sonreído y he dicho lo primero que se me ha ocurrido, que estabas de viaje, como si decir la verdad fuese admitir que en realidad ya no estás mas aquí.

Hoy fue lunes y debía regresar al trabajo. No estaba preparado; pero los compañeros estuvieron a la altura de las circunstancias, no me agobiaron con entupidas lamentaciones ni ninguna otra manifestación de dolor. Todo transcurrió con total normalidad, como cualquier otro día. Al regresar a casa lo primero que hice fue meterme bajo la ducha. Después de la jornada de trabajo pensé que una ducha acabaría de quitarme toda esa triste pátina de dolor.

Pero no fue así.

Tras la ducha me fui directamente a la cama, pues era incapaz de probar bocado alguno. El sueño tampoco me alivió, el dolor seguía ahí, como una punzada persistente que nada ni nadie pudiese aliviar. Era como si yo tuviese que pagar un precio por tu perdida, y el precio era esa insoportable punzada en el corazón.

Aquella mañana el cielo parecía desplomarse lentamente sobre las calles en forma de lluvia intensa. Era sábado, tenía por delante un largo fin de semana y no sabia que hacer. Salir no era muy atractivo; pero temía quedarse en casa.

La sombra de Julia parecía flotar herida, acosándole, haciéndole sentir culpable por seguir vivo, por haberla dejado marchar así, tan sola. Pero esa sombra tenía forma, estaba materializada en una nota que ella le dejó antes de morir oculta en un libro donde sabía que la encontraría en el momento oportuno. Y decía así:

Querido Isaías:

Te escribo estas líneas mientras espero todavía incrédula mi muerte. Y se que no las leerás hasta que ya definitivamente me haya ido. Nos hemos conocido, hemos hablado tanto que no es necesario decir mucho más. Se que estas sufriendo por mi perdida, que te resistes a dejarme marchar. No lo hagas, puede costarte aceptarlo y no te pido que me olvides porque se que no lo harás ni quiero que lo hagas. Tienes muchos bonitos recuerdos de nuestro amor. Y una vida también hermosa todavía por vivir. No la desperdicies. Te quiero.

Sinceramente,

Julia.

miércoles, 23 de enero de 2013

AL OTRO LADO

            Era una tibia mañana de invierno. Un sueño discontinuo le arrancó de la cama temprano, tras tomar un poco de café con leche y una tostada salió a pasear. El aire fresco le acariciaba el rostro; pero su cabeza se debatía entre pensamientos cotidianos: que haría hoy, donde iría, que comería, tenía algo que comprar, alguien a quien llamar; y por una vez decidió dejar de planificar con tanto detalle sus tranquilos días y dejarse un poco de llevar, al fin y al cabo se sentía seguro de sí mismo y tenía bastante confianza, no sabía muy bien en que; pero se sentía confiado.

            Así llegó hasta un pequeño cerro donde se distinguía un banco al final de un serpenteante sendero que ascendía entre la hierba. Decidió llegar hasta allí y una vez acomodado respiró profundamente el aire fresco con el olor de los árboles que había tras él. El sol recién asomado por entre los tejados le daba en plena cara y frente a él se extendía la ciudad, silenciosa y tranquila. La observaba como en trance tratando de identificar las torres de las iglesias o los edificios más altos y relacionarlos con los momentos que había pasado ahí, en su pequeño barrio.

            Recordaba aquel día en que por primera vez su padre y su hermana mayor le llevaron cogidos de la mano al colegio; aquella sensación de ilusión y temor a la vez. Ilusión porque sabía que ir al colegio era algo importante. Por lo que había podido deducir de las conversaciones de su familia sabía que para ser un hombre era necesario ir al colegio, mas tarde descubriría que nunca se acaban los requisitos necesarios para alcanzar tal condición. Y temor por sentirse por primera vez lejos del calor del hogar y entre extraños, temor que quería ahuyentar cogiendo con fuerza las manos de su padre y de su hermana. En el hogar y en la escuela pasó los mejores momentos de su niñez y mas tarde sería en el camino del colegio a su casa. Fueron tardes maravillosas jugando a la pelota en cualquier campo de futbol improvisado, en una plaza, en una calle tranquila; y en los atardeceres, desde la merienda hasta la cena, se juntaban todos los chiquillos del barrio y jugaban y jugaban a mil y un juegos.

            Desde el banco donde estaba también alcanzaba a ver la torre de la iglesia, cuya plaza fue escenario de muchas horas de correteos en bicicleta y corros de conversaciones, aquellas reuniones donde siempre había algún chico mayor al que acribillaban a preguntas sobre los infinitos misterios de la vida que les esperaba.

            La calle Mayor donde paseaba con los amigos aquellas interminables tardes de domingo, el olor a castañas asadas en el invierno y el murmullo de la gente sentados al fresco en las terrazas de los bares las noches de verano.

            No sabía porque extraña razón ahora su vida pasaba tan nítidamente ante sus ojos. Todos aquellos recuerdos tan íntimamente relacionados con la ciudad.

            Como una gran mancha verde en medio de las formas monocromas y geométricas de los edificios, podía ver el parque y no pudo evitar pensar en los primeros escarceos amorosos, ya adolescente, fueron días alegres y también otros de un gran pesar.

            La estación de autobuses, al lado de la del tren, donde empezaba y terminaba cada día su jornada de trabajo. Pensaba en todos esos años sentado al volante del autobús viendo subir y bajarse gente, quizás como una metáfora de su propia vida en la que tantas personas habían entrado y salido sin que nadie permaneciera el tiempo suficiente. Quizás por eso ahora se sintiera más solo que nunca, sin estar seguro de haber sido feliz al menos en alguna ocasión o de haber hecho feliz a alguien.

            De pronto sintió que alguien se acercaba entre los árboles. No necesitó volverse para saber quien era, su madre, el ser que le dio la vida, venía ahora a recibirle. Le puso la mano en el hombro y muy dulcemente le llamó:

“Vamos Daniel, tu padre espera al otro lado”.

Augsburg, 24.01.13