miércoles, 23 de enero de 2013

AL OTRO LADO

            Era una tibia mañana de invierno. Un sueño discontinuo le arrancó de la cama temprano, tras tomar un poco de café con leche y una tostada salió a pasear. El aire fresco le acariciaba el rostro; pero su cabeza se debatía entre pensamientos cotidianos: que haría hoy, donde iría, que comería, tenía algo que comprar, alguien a quien llamar; y por una vez decidió dejar de planificar con tanto detalle sus tranquilos días y dejarse un poco de llevar, al fin y al cabo se sentía seguro de sí mismo y tenía bastante confianza, no sabía muy bien en que; pero se sentía confiado.

            Así llegó hasta un pequeño cerro donde se distinguía un banco al final de un serpenteante sendero que ascendía entre la hierba. Decidió llegar hasta allí y una vez acomodado respiró profundamente el aire fresco con el olor de los árboles que había tras él. El sol recién asomado por entre los tejados le daba en plena cara y frente a él se extendía la ciudad, silenciosa y tranquila. La observaba como en trance tratando de identificar las torres de las iglesias o los edificios más altos y relacionarlos con los momentos que había pasado ahí, en su pequeño barrio.

            Recordaba aquel día en que por primera vez su padre y su hermana mayor le llevaron cogidos de la mano al colegio; aquella sensación de ilusión y temor a la vez. Ilusión porque sabía que ir al colegio era algo importante. Por lo que había podido deducir de las conversaciones de su familia sabía que para ser un hombre era necesario ir al colegio, mas tarde descubriría que nunca se acaban los requisitos necesarios para alcanzar tal condición. Y temor por sentirse por primera vez lejos del calor del hogar y entre extraños, temor que quería ahuyentar cogiendo con fuerza las manos de su padre y de su hermana. En el hogar y en la escuela pasó los mejores momentos de su niñez y mas tarde sería en el camino del colegio a su casa. Fueron tardes maravillosas jugando a la pelota en cualquier campo de futbol improvisado, en una plaza, en una calle tranquila; y en los atardeceres, desde la merienda hasta la cena, se juntaban todos los chiquillos del barrio y jugaban y jugaban a mil y un juegos.

            Desde el banco donde estaba también alcanzaba a ver la torre de la iglesia, cuya plaza fue escenario de muchas horas de correteos en bicicleta y corros de conversaciones, aquellas reuniones donde siempre había algún chico mayor al que acribillaban a preguntas sobre los infinitos misterios de la vida que les esperaba.

            La calle Mayor donde paseaba con los amigos aquellas interminables tardes de domingo, el olor a castañas asadas en el invierno y el murmullo de la gente sentados al fresco en las terrazas de los bares las noches de verano.

            No sabía porque extraña razón ahora su vida pasaba tan nítidamente ante sus ojos. Todos aquellos recuerdos tan íntimamente relacionados con la ciudad.

            Como una gran mancha verde en medio de las formas monocromas y geométricas de los edificios, podía ver el parque y no pudo evitar pensar en los primeros escarceos amorosos, ya adolescente, fueron días alegres y también otros de un gran pesar.

            La estación de autobuses, al lado de la del tren, donde empezaba y terminaba cada día su jornada de trabajo. Pensaba en todos esos años sentado al volante del autobús viendo subir y bajarse gente, quizás como una metáfora de su propia vida en la que tantas personas habían entrado y salido sin que nadie permaneciera el tiempo suficiente. Quizás por eso ahora se sintiera más solo que nunca, sin estar seguro de haber sido feliz al menos en alguna ocasión o de haber hecho feliz a alguien.

            De pronto sintió que alguien se acercaba entre los árboles. No necesitó volverse para saber quien era, su madre, el ser que le dio la vida, venía ahora a recibirle. Le puso la mano en el hombro y muy dulcemente le llamó:

“Vamos Daniel, tu padre espera al otro lado”.

Augsburg, 24.01.13