Recordaba aquel día en que
por primera vez su padre y su hermana mayor le llevaron cogidos de la mano al
colegio; aquella sensación de ilusión y temor a la vez. Ilusión porque sabía
que ir al colegio era algo importante. Por lo que había podido deducir de las
conversaciones de su familia sabía que para ser un hombre era necesario ir al
colegio, mas tarde descubriría que nunca se acaban los requisitos necesarios
para alcanzar tal condición. Y temor por sentirse por primera vez lejos del
calor del hogar y entre extraños, temor que quería ahuyentar cogiendo con
fuerza las manos de su padre y de su hermana. En el hogar y en la escuela pasó
los mejores momentos de su niñez y mas tarde sería en el camino del colegio a
su casa. Fueron tardes maravillosas jugando a la pelota en cualquier campo de
futbol improvisado, en una plaza, en una calle tranquila; y en los atardeceres,
desde la merienda hasta la cena, se juntaban todos los chiquillos del barrio y
jugaban y jugaban a mil y un juegos.
Desde el banco donde
estaba también alcanzaba a ver la torre de la iglesia, cuya plaza fue escenario
de muchas horas de correteos en bicicleta y corros de conversaciones, aquellas
reuniones donde siempre había algún chico mayor al que acribillaban a preguntas
sobre los infinitos misterios de la vida que les esperaba.
La calle Mayor donde
paseaba con los amigos aquellas interminables tardes de domingo, el olor a
castañas asadas en el invierno y el murmullo de la gente sentados al fresco en
las terrazas de los bares las noches de verano.
No sabía porque extraña
razón ahora su vida pasaba tan nítidamente ante sus ojos. Todos aquellos
recuerdos tan íntimamente relacionados con la ciudad.
Como una gran mancha verde
en medio de las formas monocromas y geométricas de los edificios, podía ver el
parque y no pudo evitar pensar en los primeros escarceos amorosos, ya
adolescente, fueron días alegres y también otros de un gran pesar.
La estación de autobuses,
al lado de la del tren, donde empezaba y terminaba cada día su jornada de
trabajo. Pensaba en todos esos años sentado al volante del autobús viendo subir
y bajarse gente, quizás como una metáfora de su propia vida en la que tantas
personas habían entrado y salido sin que nadie permaneciera el tiempo
suficiente. Quizás por eso ahora se sintiera más solo que nunca, sin estar
seguro de haber sido feliz al menos en alguna ocasión o de haber hecho feliz a
alguien.
De pronto sintió que
alguien se acercaba entre los árboles. No necesitó volverse para saber quien
era, su madre, el ser que le dio la vida, venía ahora a recibirle. Le puso la
mano en el hombro y muy dulcemente le llamó:
“Vamos Daniel, tu padre espera al otro lado”.
Augsburg, 24.01.13

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