Si no hubieras perdido el último tren a Munich no
te habría conocido. Lo sabes igual que yo. Te vi correr por el túnel para
llegar a tiempo, subir las escaleras hacia el andén y hasta creo que vi la
expresión de rabia en tu rostro al contemplar el tren lentamente alejarse.
Tras el largo invierno por fin hoy hacia un día de
sol, y hacia el mediodía, mientras tú dormías, baje al parque a pasear. Había
una pareja de patos en el canal, acababan de llegar y era un espectáculo digno
de pararse a contemplarlo. Había un banco libre donde daba el nuevo sol y todo
parecía un sueño. Era uno de esos momentos mágicos en los que el tiempo parece
detenerse, sin necesidad de morfina. La verdad es que esta ciudad es como una
droga para mí. Cuando estoy mal solo tengo que salir a dar un paseo y abrir
bien los ojos, enseguida surge la magia, al contemplar cualquier estampa que
ella me ofrece.
Y así pasaban mis días en compañía solo de mi
soledad, y la ciudad. Hasta que te conocí. Yo estaba sentado en un banco del
andén. Te miré y sonreí, justo en ese instante te fijaste en mi. Pero te quedaste
allí parada. Comenzaste a buscar algo en el móvil, aunque era inútil. Lo que
buscabas no estaba en el móvil y acababas de perder el último tren a Munich.
La noche era fría y yo esperaba mi tren. Cuando
llegó, automáticamente intente subir a él para regresar a la calidez del hogar,
en esos momentos era lo único que deseaba. Y como un flash vino a mi mente el
parque de detrás de mi casa, esos escasos días de sol en que salía a sentarme
en un banco a leer. Graciosamente recordaba a mi madre cuando me decía, muy
enfadada, que era un bohemio y que mi vida sería un desastre. Pero esas mañanas
de sol en primavera, cuando el crudo invierno por fin es vencido, en que mi
desidia me conducía a ese parque donde podía disfrutar del sol, aunque entre
sol y sombra; el canto de los pájaros y esa maravillosa brisa, entonces por
fin, en medio del caos que realmente era mi vida, todo parecía cobrar sentido.
Eran momentos especiales y todos parecían estar conectados para recordarme
alguna íntima emoción atesorada para momentos como estos en que mi alma se
tortura ante una difícil disyuntiva: acudir a esa incierta llamada o mirar,
simplemente, hacia otro lado. El olor a pimientos verdes asados me devuelve a
la realidad. Todo ocurre a la vez, suena mi móvil, eres tú, una vez más te
preguntas donde estoy, aquí mi vida. Estoy aguardando hace rato. Igual que
aquel día en la estación, creía que esperaba el tren; pero era a ti a quien
esperaba. A quien había esperado toda mi vida, casi hasta llegar a la
desesperación. Y dejé mi tren pasar. Me acerqué a ti, te pregunté si
necesitabas ayuda. Hablamos, tomamos un café y nos instalamos definitivamente
juntos, encontramos un lugar común donde nos sentíamos cómodos. Y así, como el
crudo invierno deja paso a la calidez de la primavera, mi soledad encontró por
fin tú presencia.
Era el momento del día que mas me agradaba. Tras
el cálido día bajo un cielo extraordinariamente azul, tras el corto relajo de
la siesta, llegaba ese momento mágicamente azul en que cerraban los
supermercados. Entonces el ajetreo de la calle era distinto, se dejaban de ver
esas benditas personas ordinarias, que seguramente se encontrarían en la
intimidad de sus hogares; y podías ver entonces a los primeros noctámbulos
acudiendo a los biergarten, todas almas llenas de deseo, como tú y como yo y
seguramente como Van Morrison que hendía el lánguido atardecer con su lamento.
Los días pasan, como los trenes, y la gente sube y
baja de ellos; pero tú te quedaste conmigo y yo no volví más a coger aquel
tren. Sin saberlo, encontramos la salida del laberinto y nos instalamos
plácidamente en las afueras del tiempo. Ya nunca más tendrás que correr para no
perder el último tren a Munich.
Augsburg, 25.04.2013
