El silencio surgía entre las palabras. El sabía
escucharlo. Era algo así como el sonido de las alas de una mariposa al posarse
sobre la arena de la playa. Lo había escuchado saliendo de los labios sellados
de su padre aquel día que por primera vez le dejaba en la escuela al cargo de
aquel joven grueso y desconocido maestro. O en aquella otra ocasión en que
desde la ventanilla del tren vio el rostro de su madre en el andén mirando la
lejanía después de despedirse de él cuando se marchaba al ejército.
Cuando está solo en su casa a
veces no lo puede soportar más. Soledad y silencio. ¿Qué tienen de bueno? Al
menos en la fábrica donde trabaja hay gente y ruido, mucho ruido. Pero tampoco
era eso lo que quería. Lo que deseaba realmente era escuchar una voz. Una en
especial, pero sabia que esa voz tan amada jamás la podría volver a oír. Al
menos mientras viviese.
¿Por qué te marchaste tan pronto, amor mío y me
dejaste tan solo?
Ahora vago por las calles de esta ciudad impía sin
otra idea que recordarte, recordar cada calle, cada plaza, cada bar donde tu y
yo, los dos juntos, como si nadie mas hubiese en el mundo, estuvimos. Cuando
llueve salgo a buscarte, como un loco, calado hasta los huesos, recorro una vez
más nuestros lugares predilectos y te veo ahí, parada en el andén, esperándome
cuando llegaba en el tren de vuelta del trabajo y te rodeaba con mis brazos, y
besaba tus labios tiernos y dulces, y sentía tus pechos turgentes junto a mi
pecho. Pero se que ya nunca mas volveré a sentir el perfume de tu pelo ni volveré
a oír el sonido de tus pasos. No se que me retiene en este mundo aun. Quisiera
ir tras de ti, mirar al sol de frente sin que me ciegue, correr bajo la lluvia
sin mojarme, despertarme y hallarte de nuevo a mi lado. Quisiera encontrar esa
playa donde no llegan las olas.
Mientras tanto muero un poco cada día viendo el
mismo cielo bajo el que tu no estas.
Contigo no existía el tiempo ni el dolor. Todo era
de color y la vida alegre y llena de tu presencia; pero ahora todo es soledad y
silencio. El tiempo me martiriza con su lento transcurrir. Como un naufrago
vago perdido en la monocromía de los días iguales.
Ayer en el mercado me han preguntado por ti, y yo
como un idiota no he sabido que decir. Simplemente he sonreído y he dicho lo
primero que se me ha ocurrido, que estabas de viaje, como si decir la verdad
fuese admitir que en realidad ya no estás mas aquí.
Hoy fue lunes y debía regresar al trabajo. No
estaba preparado; pero los compañeros estuvieron a la altura de las
circunstancias, no me agobiaron con entupidas lamentaciones ni ninguna otra
manifestación de dolor. Todo transcurrió con total normalidad, como cualquier
otro día. Al regresar a casa lo primero que hice fue meterme bajo la ducha. Después
de la jornada de trabajo pensé que una ducha acabaría de quitarme toda esa
triste pátina de dolor.
Pero no fue así.
Tras la ducha me fui directamente a la cama, pues
era incapaz de probar bocado alguno. El sueño tampoco me alivió, el dolor seguía
ahí, como una punzada persistente que nada ni nadie pudiese aliviar. Era como
si yo tuviese que pagar un precio por tu perdida, y el precio era esa
insoportable punzada en el corazón.
Aquella mañana el cielo parecía desplomarse
lentamente sobre las calles en forma de lluvia intensa. Era sábado, tenía por
delante un largo fin de semana y no sabia que hacer. Salir no era muy
atractivo; pero temía quedarse en casa.
La sombra de Julia parecía flotar herida, acosándole,
haciéndole sentir culpable por seguir vivo, por haberla dejado marchar así, tan
sola. Pero esa sombra tenía forma, estaba materializada en una nota que ella le
dejó antes de morir oculta en un libro donde sabía que la encontraría en el momento
oportuno. Y decía así:
Querido Isaías:
Te escribo estas líneas mientras espero todavía incrédula
mi muerte. Y se que no las leerás hasta que ya definitivamente me haya ido. Nos
hemos conocido, hemos hablado tanto que no es necesario decir mucho más. Se que
estas sufriendo por mi perdida, que te resistes a dejarme marchar. No lo hagas,
puede costarte aceptarlo y no te pido que me olvides porque se que no lo harás
ni quiero que lo hagas. Tienes muchos bonitos recuerdos de nuestro amor. Y una
vida también hermosa todavía por vivir. No la desperdicies. Te quiero.
Sinceramente,
Julia.

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