martes, 2 de abril de 2013

Sinceramente, Julia

El silencio surgía entre las palabras. El sabía escucharlo. Era algo así como el sonido de las alas de una mariposa al posarse sobre la arena de la playa. Lo había escuchado saliendo de los labios sellados de su padre aquel día que por primera vez le dejaba en la escuela al cargo de aquel joven grueso y desconocido maestro. O en aquella otra ocasión en que desde la ventanilla del tren vio el rostro de su madre en el andén mirando la lejanía después de despedirse de él cuando se marchaba al ejército.

Cuando está solo en su casa a veces no lo puede soportar más. Soledad y silencio. ¿Qué tienen de bueno? Al menos en la fábrica donde trabaja hay gente y ruido, mucho ruido. Pero tampoco era eso lo que quería. Lo que deseaba realmente era escuchar una voz. Una en especial, pero sabia que esa voz tan amada jamás la podría volver a oír. Al menos mientras viviese.

¿Por qué te marchaste tan pronto, amor mío y me dejaste tan solo?

Ahora vago por las calles de esta ciudad impía sin otra idea que recordarte, recordar cada calle, cada plaza, cada bar donde tu y yo, los dos juntos, como si nadie mas hubiese en el mundo, estuvimos. Cuando llueve salgo a buscarte, como un loco, calado hasta los huesos, recorro una vez más nuestros lugares predilectos y te veo ahí, parada en el andén, esperándome cuando llegaba en el tren de vuelta del trabajo y te rodeaba con mis brazos, y besaba tus labios tiernos y dulces, y sentía tus pechos turgentes junto a mi pecho. Pero se que ya nunca mas volveré a sentir el perfume de tu pelo ni volveré a oír el sonido de tus pasos. No se que me retiene en este mundo aun. Quisiera ir tras de ti, mirar al sol de frente sin que me ciegue, correr bajo la lluvia sin mojarme, despertarme y hallarte de nuevo a mi lado. Quisiera encontrar esa playa donde no llegan las olas.

Mientras tanto muero un poco cada día viendo el mismo cielo bajo el que tu no estas.

Contigo no existía el tiempo ni el dolor. Todo era de color y la vida alegre y llena de tu presencia; pero ahora todo es soledad y silencio. El tiempo me martiriza con su lento transcurrir. Como un naufrago vago perdido en la monocromía de los días iguales.

Ayer en el mercado me han preguntado por ti, y yo como un idiota no he sabido que decir. Simplemente he sonreído y he dicho lo primero que se me ha ocurrido, que estabas de viaje, como si decir la verdad fuese admitir que en realidad ya no estás mas aquí.

Hoy fue lunes y debía regresar al trabajo. No estaba preparado; pero los compañeros estuvieron a la altura de las circunstancias, no me agobiaron con entupidas lamentaciones ni ninguna otra manifestación de dolor. Todo transcurrió con total normalidad, como cualquier otro día. Al regresar a casa lo primero que hice fue meterme bajo la ducha. Después de la jornada de trabajo pensé que una ducha acabaría de quitarme toda esa triste pátina de dolor.

Pero no fue así.

Tras la ducha me fui directamente a la cama, pues era incapaz de probar bocado alguno. El sueño tampoco me alivió, el dolor seguía ahí, como una punzada persistente que nada ni nadie pudiese aliviar. Era como si yo tuviese que pagar un precio por tu perdida, y el precio era esa insoportable punzada en el corazón.

Aquella mañana el cielo parecía desplomarse lentamente sobre las calles en forma de lluvia intensa. Era sábado, tenía por delante un largo fin de semana y no sabia que hacer. Salir no era muy atractivo; pero temía quedarse en casa.

La sombra de Julia parecía flotar herida, acosándole, haciéndole sentir culpable por seguir vivo, por haberla dejado marchar así, tan sola. Pero esa sombra tenía forma, estaba materializada en una nota que ella le dejó antes de morir oculta en un libro donde sabía que la encontraría en el momento oportuno. Y decía así:

Querido Isaías:

Te escribo estas líneas mientras espero todavía incrédula mi muerte. Y se que no las leerás hasta que ya definitivamente me haya ido. Nos hemos conocido, hemos hablado tanto que no es necesario decir mucho más. Se que estas sufriendo por mi perdida, que te resistes a dejarme marchar. No lo hagas, puede costarte aceptarlo y no te pido que me olvides porque se que no lo harás ni quiero que lo hagas. Tienes muchos bonitos recuerdos de nuestro amor. Y una vida también hermosa todavía por vivir. No la desperdicies. Te quiero.

Sinceramente,

Julia.

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